DE LA RAZÓN, LA VIRTUD Y LAS PASIONES

 

Samuel Schkolnik

 

 

Schopenhauer explicó acabadamente que ningún cálculo de ventajas sabría justificar el hecho de seguir viviendo. Antes, Calderón había notado que el mayor pecado del hombre es haber nacido; después, Cioran rebajó con cáustica condescendencia esa calificación a la de mero inconveniente. Con mayor o menor énfasis, los tres dijeron la más importante de todas las verdades, que tampoco fue ignorada por el autor del Eclesiastés, ni por el príncipe Siddharta, ni por el desvelado Pascal. La más importante, porque todas las demás obtienen de ella la substancia que las constituye como verdades.

¿Qué estado de felicidad, por intenso que sea, puede serlo tanto como el más vulgar dolor de muelas? La más alta alegría, ¿puede ser insoportable, como lo es fácilmente un pedrusco en el zapato? Y, supuesto que haya alegrías y felicidades capaces de resistir esa comparación, ¿durante cuánto tiempo la resistirían? ¿Qué placer dura lo que puede durar una jaqueca?

La triste comprobación de lo efímero del placer condujo a los estoicos de todo tiempo a recomendar una vida orientada no al gozo sino a la serenidad; esa orientación la alejaría igualmente de la inevitable y numerosa contrapartida del deleite, esto es, del padecimiento. Y a la serenidad se accedería mediante un ejercicio consecuente de la razón, capaz de levantar a quien lo practicara por sobre las vicisitudes de una existencia individual, pequeño navío condenado a zozobrar --a poco que fuere privado de ese recurso salvador-- en el proceloso mar de las pasiones.

Pero, ¿qué hay en la razón que justifique semejante recomendación? No, ciertamente, su capacidad de cálculo, porque es precisamente esa capacidad la que revela el saldo deudor de toda vida: "Quien agrega conocimiento, agrega dolor". No; es una virtud de muy diferente carácter la que habilita a la razón en este grave asunto: su poder de henchir el alma hasta hacerla más grande que sí misma.

Y es que la razón, antes que atributo de gentes circunspectas y prolijas, lo es de quienes han descubierto en el fondo de sí una medida común con el universo. De esa mensura común nace el sentimiento de ser conmensurable con lo infinito, que es el más desmesurado sentimiento que concebirse pueda.

De muchas maneras ha sido predicada la razón: el ser y el pensar, uno y lo mismo son; armónicos son los números del alma y los que rigen el curso de los astros; nuestro alfabeto interior es el mismo que compone el gran libro de la Naturaleza; nuestra mente es una parte de la inagotable mente de Dios. Ninguna de esas declaraciones trasunta el buen sentido del vecino que acata los evidentes límites de su condición, sino más bien el desafuero de quien, siendo apenas más que nada, pretende serlo todo.

¿Pero no es ése precisamente el estatuto de las pasiones? ¿Qué es una pasión sino la captura de un ser por lo que le sobrepasa, por lo que le lleva más allá de sí y le muda la figura? El amor y la cólera, el terror y la envidia, ¿en qué se asemejan sino en que enajenan al que los padece? Lo que cada cual es, lo es en virtud de un conjunto de restricciones que circunscriben el dominio de una identidad. Cuando se dice que las pasiones son ciegas, lo que se quiere decir es que fuerzan a transgredir esas fronteras, del mismo modo en que lo haría quien fuese incapaz de verlas. De ahí que el poseído de una pasión se vuelva otro y no pueda responder de sí. Y como la vida en sociedad se funda en la responsabilidad, se entiende que moralistas de todo género hayan hecho de la condena de las pasiones un tópico común.

Pero lo que no se entiende, o se entiende mal, es que esa condena haya ido tan a menudo de la mano con la alabanza de la razón, que no es, de hecho, sino una de las pasiones.

Que no se haya advertido ese parentesco es lo que ahora ensayaremos explicar.

Recuérdese ante todo la radical desproporción que encierra la condición humana, adscripta a un tiempo al orden de lo singular y al de lo cósmico. El sentimiento de esa diferencia es el síndrome de Pascal, patología que nombramos por uno de sus pacientes más ilustres, pero que sin duda obra en todas las personas.

El sentimiento de que se trata, como se sabe, comienza por afectar nuestro tamaño y nuestra duración (¿qué son frente a los de las estrellas?), pero termina por embargar el entero ámbito de nuestra existencia. Porque, bien mirado, nada sería que fuéramos pequeños y breves, si al menos nos fuese dado atisbar un significado grande y duradero capaz de infundir alguna substancialidad en nuestro ser. Pero no es tal el caso, y es el silencio de las constelaciones, más que su grandeza, lo que nos desmedra el corazón.

Súmense a eso los trabajos que agravan nuestros días y los cuidados que solicitan nuestras noches, las innumerables formas del sudor y las lágrimas que desdibujan nuestros caminos, y se tendrá entonces una condición doblemente desdichada. Porque no sólo parece que vamos a ninguna parte, sino que por añadidura lo hacemos con harto esfuerzo.

Aunque todo eso es demasiado sabido como para que nos demoremos en considerarlo, permítasenos no obstante destacar una nota esencial del "síndrome" que describimos: la que radica en la conciencia de que la vida humana es impensable de otro modo.

En efecto, imaginémosla libre de afanes y fatigas; ¿qué, sino el tedio, acabaría por ocupar tarde o temprano ese lugar vacante? De hecho, quien más, quien menos, todos sabemos de qué se trata, porque hasta la existencia más laboriosa conoce momentos en que no tiene nada que hacer. ¿Hay desasosiego más hondo que el que impregna esos momentos? Si fueran gratos, ¿se buscaría tan ávidamente quehaceres con que llenarlos?

Hemos dicho: "lugar vacante". Lo vacío de ese lugar, el lugar mismo, ¿qué es sino nuestro propio ser? El aburrimiento resulta, por eso, la demostración más palmaria de que no reposamos en nosotros mismos: lo que somos no se sostiene por sí. Sólo podemos sostenernos los unos a los otros: nos entretenemos, y por cierto que no es una pequeña ventaja del vivir en sociedad la de disponer de semejante servicio. En verdad, se trata de una de las funciones esenciales de la convivencia, y no hay agrupación humana más o menos estable que no cumpla con ella; en nuestras sociedades voluminosas y complejas, los entretenimientos son provistos, como se sabe, por una industria de rango no menor que las que producen alimentos.

Sin embargo, ¿hasta qué punto puede ser eficaz ese servicio? Su sola existencia, por lo pronto, contribuye a señalar la de un defecto, así como una prótesis realza la carencia de la que es un remedio. Ese resultado se manifiesta de varias maneras, pero tal vez la más notable sea la fijación en el calendario de la oquedad que se pretende rellenar, fijación que ocurre precisamente en virtud de esa operación de carenado. Si el domingo es el día de la semana en que más nos acosa la inconsistencia de la vida, ¿no lo es porque ese día ha sido adscripto --más que los otros-- al cinematógrafo y al jardín zoológico? ¿Quién no conoce la angustia del parque de diversiones? ¿Quién, cartucho de maní en mano, sobre un fondo de retreta municipal, no ha sentido en la boca del estómago la desventura de existir?

¿Y las vacaciones? Ese período que ya desde su nombre indica su condición de tiempo vacío, es también el que más claramente nos enseña que no podemos reposar. Para reposar son, precisamente, las vacaciones, pero no gozamos de ellas sino llenándolas de trajines y pasatiempos; hay ciudades enormes que viven de los que van a pasar en ellas las vacaciones, ciudades cuyos urgentes negocios no tienen otra substancia que la del bostezo que ayudan a conjurar, y en el que siempre parecen a punto de precipitarse. Es en el vano de ese bostezo, justamente, donde se construyen esas melancólicas ferias de vanidades que trasuntan en escala gigantesca lo que ya sabía el mencionado Pascal: que todos nuestros males nacen de que no podemos permanecer encerrados entre cuatro paredes.

Pero, por otra parte, ¿cómo habrían de ser eficaces unos dispositivos sociales dirigidos a socorrer no ya a los damnificados de algún visible desastre, sino a contrarrestar la gravitación invencible de un abismo interior que en todos ejerce su poder?

Así las cosas, nos vemos conducidos a la curiosa conclusión de que las labores cotidianas, lejos de merecer la queja que habitualmente nos suscitan, deberían más bien concitar nuestro elogio, ya que su peso es en realidad el contrapeso merced al cual mantenemos, siquiera precariamente, nuestro ser en equilibrio.

Pascal (de quien --como ya se habrá advertido-- casi todo lo que llevamos dicho es una paráfrasis) entendía que tan singular condición responde a las señales de un dios recóndito: nuestra entera existencia sería un jeroglífico sólo descifrable mediante el postulado de un autor infinito, que habría tramado su escritura no en la materia de la razón sino en la del corazón, y cuya gramática sería no la demasiado limitada de la inteligencia sino la todopoderosa de la fe.

No cumple que nos detengamos a examinar si tenía razón quien tan sin pena abdicó de ella. Anotemos, solamente, que la deidad por la que se nos aconseja apostar no ha de tener rasgos positivos; de tenerlos, se reduciría a una entidad deslizable, como cualquier otra, hacia el vórtice sin fondo que ella debe, precisamente, obturar. (¿No es tal lo que sucede con los dioses socialmente instituidos? Las actividades de parroquia, las prácticas correspondientes al día del Señor, ¿no rezuman una trivialidad de salón de té, de plaza con hamacas y toboganes?) Pero si el dios del caso resulta, como debe ser, una potencia infinita de negar, ¿no se confunde con la sima terrible de la que había de salvarnos? ¿Qué viene a ser Dios, sino el nombre de la íntima nulidad que nos socava?

Volvemos, entonces, a la triste comprobación asentada dos párrafos atrás: hemos de bendecir los esfuerzos con que nos procuramos nuestro pan, porque a tales esfuerzos debemos no solamente el sustento del cuerpo sino también el del alma, que sin ellos se esfumaría como el más tenue vapor.

Pero si el único modo de ser que nos cabe es el que resulta de una compresión, si sólo nos cabe porque, siendo en sí mismo volátil, nos lo aprieta la necesidad como camisa de fuerza, entonces se entenderá fácilmente que lo percibamos como una torpe coerción, que tal vez nos salve la vida, pero al precio de achatárnosla sin remedio.

¿La única existencia concebible, entonces, es la de esa manera adelgazada? ¿No hay otra forma de ser que la que estriba en las rutinas del hormiguero humano, periódicamente interrumpidas por las desvaídas galas de los días feriados?

Ahora bien, es en el campo de esas preguntas donde se enrosca el resorte de las pasiones, cuyo súbito disparo oficia por cierto de respuesta. No nos conformamos con esa forma de ser, y si acaso no nos cabe otra, he aquí que somos nosotros quienes no cabemos en su apretura de oblea: nos sabe a poca cosa, nos avenimos mal a su falta de levadura, no logramos comulgar con ella. Concebimos entonces una pasión: en medio de la prosa de la vida, validos de la intangible materia del deseo, engendramos un objeto capaz de obrar una transfiguración. Porque aunque ese objeto parezca estar fuera de nosotros --ya que se nos impone y por eso lo padecemos-- es en verdad hechura nuestra; ¿de dónde, si no de nuestra voluntad de plenitud, le advendría la índole imperativa que lo señala entre todas las cosas?

Hay árboles y diccionarios, panteras y bicicletas, guijarros y gerentes. Nos aprovechamos de algunas de esas entidades, nos guardamos de algunas otras; las hay de las que pendemos, y las hay a las que --con un distraído interés-- atendemos. En mayor o menor grado, sin embargo, todas pertenecen al registro de lo ajeno, el tono de cuyo ser no es nuestro tono. La necesidad o el temor pueden, según las circunstancias, sintonizarnos con ellas, pero también las circunstancias pueden --y suelen-- quitarnos de semejante sintonía. Ahora bien, hay cosas de las que ninguna vicisitud sabría arrancarnos, porque laten conforme nuestro propio pulso: somos nosotros quienes les damos el tono que las despoja de su quieta calidad de cosas y las hace vibrar en la frecuencia de nuestro corazón.

Esa concordancia es obra de la pasión. ¿Quién, si no ella, nos revelaría flores de corola inversa y néctar profundo en lo que para el naturalista son meras hembras del homo sapiens? Ya que no en la banalidad de su materia, ¿dónde radica el resplandor glorioso del dinero si no en la mirada del avaro?

Sin embargo, no por eso dejan tales cosas de ser cosas; labradas por la pasión, adquieren un aura que las distingue de las demás pero que de ninguna manera las confunde con nosotros mismos. La singular lógica de las pasiones consiste, precisamente, en que sólo pueden alimentarse mediante una acción a distancia, y aunque su trabajo se encamine a suprimir esa distancia, jamás lo consiguen, puesto que todas sus operaciones destilan la insubstancial materia de que están hechas. En eso se distinguen del hambre y de la sed: las pasiones son insaciables porque nunca pueden apropiarse acabadamente de su objeto.

Y es que por eso justamente resulta capaz el objeto de las pasiones de ejercer un influjo candente: su lujuria luce en el vacío que nos constituye, en una lejanía interior que crece con cada paso que damos para que mengüe, y, en ese espacio sin término, nada hay que enturbie su fulgor. En la noche oscura del alma, el objeto de una pasión no sólo no se entraña en nuestra confusión, sino que viene a ser el menos entrañable, el más remoto, el más nítido de todos los objetos.

De ahí que pueda suscitar un efecto de dilatación: la vida que le prestamos nos la devuelve multiplicada por una distancia infinita. A este sencillo teorema debemos que nos vuelva la vida al cuerpo, que no nos reduzcamos a una prieta y descolorida cosa, que tengamos, en fin, un alma.

Porque las pasiones del alma son el alma, y sus objetos semejan cardinales que ella emite para definir un horizonte, una íntima rosa de los vientos según la cual quepa trazar el rumbo de una navegación.

Nada hay, entonces, más espiritual que las pasiones; los animales no las tienen, y por eso su mundo se reduce al estrecho ámbito de las necesidades. A diferencia de ellos, no sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que mane de aquello en que ha apostado su ser.

Y es que una pasión es siempre una apuesta; ponemos el alma en una cosa como el jugador pone sus fichas --su vida, él bien lo sabe-- en una suerte. A la larga o a la corta perdemos, pero quién nos quita el sabor de la espera temblorosa, el deleite de la vigilia secreta, el escalofrío del riesgo, el repentino cielo que cierto día nos fuera consentido.

Ahora bien, el que ha prestado oídos a la solicitud vehemente de la razón, y de ese modo ha sido capturado por ella, no por eso ha quedado cautivo de una cierta clase de cosas. Y como el rasgo más visible de una pasión es un cautiverio semejante, se tiende a creer que la razón no es una pasión. Más aun, se cree que es todo lo contrario, y se apela a su notorio desapego de las cosas para contrarrestar el egoísmo, para tornarlo razonable y civil.

Ésta es, como se habrá advertido, la explicación que procurábamos: la de por qué la condena de las pasiones ha ido tan de la mano con la alabanza de la razón.

Pero, ¿cómo es posible una pasión sin objeto? Pues porque si la razón no se sujeta a tal o cual cosa, es porque las pretende a todas: la razón es, precisamente, la pasión del todo.

Sin embargo, ¿cómo puede "el todo" --que de hecho es nada-- gravitar sobre el alma al modo en que lo hace la singularidad soberana que alimenta una pasión vulgar? Y bien, porque si la soberanía de esa singularidad no le adviene de sí misma --de su índole de mera cosa-- sino del concurso del alma, ¿qué tiene de extraño que ésta pueda entronizar su propia substancia, la indeterminación que esencialmente la constituye?

En esa posibilidad, y no en la de calcular, radica la ventaja de la razón sobre el corazón; la razón tiene corazonadas que el corazón no comprende, y su astucia consiste en hacer pasar sus ardorosas apuestas por abstinencias de la virtud.